Cuando el amor se da en exceso,
no aporta al hombre honor
ni dignidad algunos.
Pero si Cipris arriba con moderación,
no hay poder más grato.
¡Oh, Diosa!, no dispares jamás sobre mí la infalible
flecha de tu arco envenenada con el deseo.
Deja que mi corazón sea sabio,
es éste el mejor regalo de dios.
No me depares, digna Cipris,
riñas verbales ni rencor levantisco,
incita mi pasión hacia un amor distinto.
Guía con sagacidad de las mujeres
los casamientos,
tributando más el sosiego en el lecho.
(Apolonio: “Medea”, 627-641)
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