viernes, 3 de febrero de 2012

400 palabras

Toda la vida
la pasamos aprendiendo y desaprendiendo -desde muy pequeños hasta nuestro último momento- en un proceso constante, en aumento al principio y en descenso al final, pero también alterno, errático, racheado y fugaz en muchas ocasiones. Acumulamos ideas, pensamientos, conceptos, aptitudes y procedimientos, maneras de hacer y de ser, sensaciones y sentimientos; pero también los devolvemos, los regalamos, los perdemos… según los vamos necesitando o nos los van requiriendo.

Enseguida,
de niños, nos damos cuenta inconscientemente que nuestra falta de vocabulario nos limita la posibilidad de obtener aquello que deseamos. Así que imitamos las palabras de los demás y lo conseguimos. No valen ya los lloros y los gestos. Aprehendemos palabras y frases, dejes, acentos y entonaciones y nos volvemos graciosos para ser el centro de atención o exigentes cuando no nos satisfacen.

Crecemos,
crecen nuestras necesidades, nuestro mundo, nuestras exigencias y crecen nuestras palabras, se afinan, se definen, se perfilan, se depuran. Aprendemos a usarlas para expresar con más acierto nuevas ideas, nuevos pensamientos, nuevos sentimientos. Y si no las tenemos, las buscamos, las leemos y las recordamos, de maestros, de amigos, de músicos y de poetas. Nos empapamos de palabras nuevas, reordenadas de maneras nuevas, las hacemos nuestras, las interiorizamos y reestructuramos nuestros pensamientos según esas nuevas formas de contarse.

Maduramos
y, con nosotros, nuestro lenguaje; abandonamos aquellas palabras y aquellas ideas que no nos satisfacen ya, aquello que en su momento de excitante novedad nos definió y nos realizó plenamente; aquella ‘neofilia’ que nos colmaba y que nos rebelaba como individuos o nos distinguía como grupo ante la masa. Pasamos a un estado de calma y de serenidad donde nuestra perspectiva vital modera nuestra forma de pensar y nuestras palabras no son tan deslumbrantes pero sí más armónicas. Discriminamos las palabras que queremos oír y leer y elegimos aquellas que van a ser nuestras y que encajan en nuestro definitivo ser.

Aparecen nuevas necesidades
y tomamos palabras que ya conocemos hiladas en otro orden para dejar una herencia que perpetúe nuestros  pensamientos, nuestras experiencias y nuestros consejos. Sentimientos más altruistas y perennes dirigen el uso que hacemos de ellas, reconducen nuestras intenciones para satisfacer nuestro ego o nuestro instinto de autoperpetuación.

Y poco a poco,
sin percatarnos, dejan de importarnos (las palabras de los demás y las nuestras propias), se van volviendo simples e iguales, se reducen, se olvidan y, finalmente,
desaparecen.
Pero toda esa vida no desaparece dentro con nosotros: la hemos comunicado, la hemos mostrado, la hemos compartido y la dejamos en herencia, con nuestros hechos, nuestros objetos más preciosos y también nuestras palabras. ¡Tantas palabras a lo largo de una vida! Tantas palabras aprendidas y desaprendidas, tantas palabras regaladas y tantas perdidas…

M.

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